Me acuerdo que eran cerca de las 4 de la tarde, allá en el Himalaya, lugar perfecto, salí de la casa y me me fui al torreón abajito, habían piedras y sentía el olor a sal que el mar me entregaba, tomé el libro de Allan Poe y me puse a leer cuentos, sintonicé al mar y lo que iba leyendo, recuerdo que antes de llegar al lugar me senté en una banca, me precipité a encender un cigarro saqué una hoja de mi cuaderno verde hice un cuadrado, no tenía tijeras, pero de algo sirve hacer tantos trabajos donde tu habilidad no depende ni de tip top ni tijeras ni nada, tome mi cuadrado perfecto y comencé a escribir, la tinta de mi lápiz preferido iba dejando recuerdos y días que prefiero olvidar, dije que sería la última vez que pensaría en esto y que si tenia que llorar lo haría, fue intenso. Mientras leía a Poe junto a las olas saqué mi cuadrado, comencé a hacer dobleces sin mucho sentido, los que siempre hago lo quede mirando y me dio ternura, quería que navegara se fuera lejos, quería ver como se iba. Andaba con la zenit y buscando la última foto para mi exposición, cuando la vi me enamoré, el corazón se me contrajo me estremecí, vi como la felicidad es algo tan rico, guardé el libro, me comencé a desesperar, me senté, me calmé,me paré y lo deje en la orilla, la sal hacía de las suyas a las letras en tinta, avanzaba lento, pero seguro, me puse a llorar, aveces la vida te pone cosas muy extrañas en tu camino, o la esquivas o la enfrentas, me inclino más por la primera. Recuerdo que lo veía desde lejos como se fue, por fin se iba, me sentí extraña, un poco ajena a todo, tanto contemplar que mi última foto se me iba, me saque las zapatillas y entre al Mar me incliné busqué el ángulo perfecto, disparé, se inundó y hundió.
He aprendido hacer mesas de papel, sólo necesito un cuadrado.
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